Lo que hemos visto el trabajo, como muchos de ustedes, el horno de ladrillo era realmente como decía la canción, ¿sí? Los Pérez, que creó ahí en los hornos de Pepe Grande y también trabajó ahí, fue uno de los últimos empleados que tenía acá el chico de San Gregorio, ¿viste? Yo tenía un amigo que trabajaba en el cacique conmigo y se había casado, y la mujer era linda, la enterriana, ¿viste? Y entonces los otros vagos, él se había comprado una pieza ahí en lo de Pelusa Garrido, y entonces le faltaba la cocina, entonces paisano el chico este, primo hermano del Negro Tormenta, se lo estoy nombrando. Y como es, hoy en día no está acá este muchacho, pero los otros vagos de la estancia querían venir a ayudarle a hacer la cocina, entonces el negro le decía, no, no, no, no, dice, los horneritos no salen al bañir y se hacen la casita solos. No trajo a ninguno que le ayude. Sí, Juan, Juan, ¿y qué te acordás vos del horno de gorosito? Y no, yo no trabajé nunca en los hornos, hijo, yo siempre, yo iba de invitado cuando había asado nada más, Pedro. Pero viste, pero viste, cuando yo me acuerdo, yo he venido ahí como trabajaba en Montvivillon y acá en lo de Coñini, don Alfredo, Alfredo, Alfredo, viejo Alfredo, allá por el año 67. Te digo yo porque Alfredo Coñini vendría a ser el abuelo de estos chicos, ¿no?, que están ahora vivos, me vendió un terreno allá en el año 67, don Alfredo, y yo sabía ir ahí al horno y me quedaba mirando a ver cómo trabajaban, ¿no? La verdad que era un trabajo a reventar, como dice Adrián Maggi. Era a reventar porque era el barro espesado, ¿me entendés?, y de llapa tenías que trabajar más agachado que parado. Por eso digo yo tenía que tener una cintura de hierro. Ah, sí, la gente que trabajó en los hornos sufrió siempre de la cintura, Pedro, siempre. Yo he escuchado a montones de gente grande que los he encontrado en los boliches, porque yo siempre, los bares míos eran los boliches, acá en San Gregorio, en muchos lugares, ¿no? Y ahí es donde hablabas con la gente, para conocer todas esas cosas es lindo ir a esos lugares donde se junta toda la gente esa. Claro. La gente de trabajo. Claro. Viste que en una parte de esta canción, que a vos te gusta todo esto campero, viste que en una parte de la canción dice que la escuela es buena para aprender. Sí. Pero no sirve para comer. Claro, claro, para comer la escuela tienen que hacer la trabaja. Claro, ahí hay que aprender. Por eso decían que los chicos, o sea, los chicos que entraban en el horno no podían ir a la escuela porque estaban todo el día en el pisadero y cortando, ¿no? Claro, Pedro, sí, sí, sí. Yo siempre digo cuántas casas de San Gregorio se levantaron con esos hornos, ¿no? Claro, yo en los pavos de mi abuela, estuvimos tres o cuatro meses una vez con mi viejo, yo tenía 14 años, y agarré la urba en un horno, un horno grandísimo. Y San Miguel del Monte está rodeado de laguna el pueblo, viste. No todo, pero está rodeado de laguna. Y me tocaba llevar los caballos a la laguna, a la orilla de la laguna, para lavarles las patas, imagínate, Pedro. Por eso te digo yo, fíjate vos eso, ¿no? Todo ese trabajo de la gente, debe haber mucha gente que ha trabajado que a mí no me viene a la memoria. Yo me acuerdo de Montviviloni porque nosotros de pueblo llegamos a trabajar a la comuna. Claro, hoy en día esa gente que ha trabajado en los hornos ahí son pocos los que viven también, han muerto casi todas, pobres, viste. Claro, claro. No quedan mucho para preguntarle cosas, ¿no? Sí, Juan, pero a vos te parece es bueno para recordarlo, ¿no? Sí, no, no, está muy bien lo que estás diciendo vos, que es lindo recordarlo, porque recordarlo es para que alguno, algún pibe joven que esté escuchando la radio, que se dé cuenta de lo que era antes, aunque no lo haya visto no importa. Claro, era trabajo más que de burro. Claro, claro, claro. Sí, sí, sí, trabajo, a veces muchas horas, viste. A reventar caballo era. Sí, no, después a otra, no era que iban a esperar horario para entrar a trabajar, iban bien temprano y listo. Cuando salía el sol y cuando se metía el sol volvían. Claro, papá, claro, no es como ahora que trabajan ocho horas, antes mierda le metían hora a los locos. Y algunos vivían en uno, como dice también Adrián Maggi, vivían en algún rancho hecho con los ladrillos vallos, ¿no? Sí, señor, con los ladrillos vallos que hacían una piecita y listo, con una piecita suficiente, la piecita era de cocina, de todo. Claro, bueno, hay que recordarlo, Juan, porque van a pasar los años y van a morir con nosotros, ¿no? Sí, sí, sí, sí. Bueno, te mando un abrazo. Chao, chao, chao, querido. Juan Pérez, claro, lo que cuenta Juan tiene que ver con eso. Por eso tenemos que acopiar todas estas, no porque lo hagamos nosotros, tenemos que acopiar todas estas cosas. Porque la gente cree, no sé cómo visualiza a alguien de un ladrillo, pero un ladrillo, el ladrillo que nosotros conocíamos. Ahora, claro, están los ladrillos de cemento, bueno, es otra historia. Hay máquinas que hacen los ladrillos de cemento. También en Chacabuco yo vi una máquina que hacía ladrillos, ¿sí? Y que tenían, las hornallas tenían una cobertura toda de chapa, porque si llovía o eso, algo por el estilo. Y después era la mano del hornero y del que hacía el fuego y el que metía los palos en la hornalla, ¿no? Para que no se quemen. Y yo me acuerdo también del piti, también, me acuerdo también que tenía un horno. Y por ahí algunos que se animaban a hacer un horno. Y a veces en el campo, yo me acuerdo en el campo haberlo visto, haber levantado los hornos a hacer un horno. Porque después con ese ladrillo iban a construir las casas o los galpones que necesitaban. Honor y gloria para los horneros, yo me acuerdo mucho de Don Alfredo. Pero de Don Alfredo allá, allá Don Alfredo por los sesenta y pico, ¿no? De algo vale tener años, de algo vale tener años para recordarlo. Canciones que hacen a esta gente. Y vamos a la escuela a una colonia rusa de a pie, con pantalones cortos. Una vez nos agarraron una nevada que no podíamos ni llegar al puesto del frío que teníamos. Y mi mamá se dio cuenta que no podíamos llegar, que no podíamos caminar. Y se llevó dos cobijas para envolverle las piernas, ¿me entendés, Coco? Qué historia, ¿eh? La mierda que hacía frío, hermano, allá, que nosotros no estábamos acostumbrados. Claro, allá en el sur de la provincia de Buenos Aires. Claro, claro, Coronel Suárez, con Ramalán, un poquito más adelante de Coronel Suárez. Claro, ahí pasaba el tren por ahí. Sí, el tren, si nosotros embarcamos todas las pinchas acá en San Gregorio cuando mi viejo viajó para allá. Caballos, todos llevó mi viejo. Llevó una tropiza entera que era de Johnny, de Johnny Perkins, la tropiza que llevó mi viejo. La llevó para que no le usen los caballos acá en el campo de Perkins, en el campo del padre, porque a él le tocaba la colimba, ¿me entendés, Johnny? Claro. Entonces, para que no le usen los caballos, se los llevó mi viejo a todos, que se los lleve para allá. Entonces, cuando Johnny salía de Franco, de Buenos Aires, porque hizo Granadero, Johnny, se iba a Coronel Suárez, parecía que andaba a caballos allá, y como el dueño de la cascada, don Julio Perkins, era tío padrino de Johnny. Así que se iba para allá, parecía que era un hijo de mi viejo, se instalaba en el puesto para andar a caballos, estaba tres, cuatro días allá y después pegaba la vuelta a Buenos Aires. Qué cosa, ¿no? Qué lindo. Qué cosa. Chau, chau, Joaco, chau. Chau, ahí estábamos, ¿eh? Y la historia, no se cortan las historias. Las historias no se cortan. Esta es la manera, esta es la manera de escribir la historia. Así escribimos la historia, no hay otra manera de escribirla. Hay que escribirla con los autores de la historia. Un niño le pedía prestar un caballo a mi papá, porque se le cansaban los caballos esos. Claro, para el pisadero. Para esos pisaderos que hacían. Claro. Y bueno, él me prestaba los caballos, era muy amigo de mi papá, don Conini. Don Alfredo. Un hombre gordito, petillo, ¿verdad? Sí, sí. Estos muchachos Conini. Así que, bueno, y también nosotros hicimos una pieza, una cosita, llevaba ladrillos, era el único. Después don Gorocito. ¿Don Gorocito, verdad, por el barrio tuyo? Don Gorocito también tenía hornos, los muchachos trabajaban ahí en los hornos de ladrillos. Claro. ¿Y qué otro horno de ladrillos te acordás, Selma? ¿Eh? ¿Qué otro horno de ladrillos que te acuerdes? Hubo Boita, también se acuerda que tuvo Boita. ¡Claro, claro! Pero también tuvo horno de ladrillos, Donita. ¿Allá atrás donde vivía, por la calle atrás del Gogo? Claro, por allá tenía la Jormaya. ¿Y estaba don Lauriga también? No, Don Vivilón y Don Pedro Vivilón y todo eso tenían, creo, no estoy muy... pero Mon Vivilón y todo eso me parece que algo tenían también de hornos de ladrillos, algo de eso. No estoy bien ahí, pero me parece que también. Y por allá, por la quinta metaba Lauriga, me parece que Don Lauriga también tenía un horno de ladrillos. Sí, sí, por ahí, tenía unos cuantos que tenían hornos de ladrillos. Claro. Pero yo creo que la primera fue Don Coñini. Claro. Sí, que ha de estar el bisnieto, el bisnieto. Claro, el bisnieto de Don Coñini. Sí, sí, sí, los bisnietos. Bueno, así que... Y ahí trabajó el Negro Velázquez, tenía 12 años y ya se llevaba las carretillas con ladrillos. Trabajó muchos años con ellos, con los gorocitos. ¡Repesada esa carretilla! Tenía 11 años el Negro. Mirá vos. Así que anduvo por ahí también trabajando con ellos, con los hornos de ladrillos, con todo. Sí, sí. Bueno. Y después se dedicó al fútbol y todo eso, y después al banil, y después juntó May, hizo de todo ahí. A trabajar para llevar la comida a la casa. Y claro, trabajó, juntaba May con la madre, con Doña Euteria, ¿la conoció usted? Sí, sí, a la Euteria cómo no la dé a conocer. Iban a juntar May todos, los hermanos todos allá, a juntar May no sé dónde. Él me contaba la historia antes. Claro. No, él antes de jugar al fútbol anduvo. Y los muchachos gorocitos lo conocen bien porque comía todo ahí con los muchachos de gorocitos, con Don Gorocito. Y él a ser el abuelo de este muchacho gorocito. Era un hombre, era un hombre grandote, Gorocito. De La Clavis. ¿Eh? Y era su nieto. Claro. Sí. Pasado por la hija de La Clavis. Era un hombre grandote. Sí. Sí, sí, muy buena, buena gente todos, buena la señora, todo, todo, buena gente. Trabajadora, todo, luchadora, todo, como Conini, como toda esa gente, buena gente. Claro. Todo trabajador acá del pueblo. Y habrán hecho casa a Don Pablo Viedo, todo, con la hija de Gorocito. ¡Claro! Sí, con Don Conini. Y también de Ita y también de otros. El Mo Vivilon y todos esos muchachos, esos hombres trabajaron también. Con Pedro Vivilon, todos. Bueno. Esa es la historia, que yo sé que me contaba mi hermano José todo eso. Claro. Así que eran muy amigos también los muchachos. ¿Cómo se llama la viuda? La Mirta, ¿no? La Mirta, la Mirta, la Mirta Bollé. Estaba con el gringo, le decían Conini. Claro, la Mirta Bollé, está ahí prendida en la radio, escuchando. Bueno, eran muy amigos de mi hermano también, el marido de ella. Claro. Dicen, miren la historia. Bueno. Y no saben si están ahora, lo que de los gormos les han dicho, gente muy... Había que parar y trabajando. Sí, era un trabajo para reventar el cuerpo. Andar y poner los gormos ahí. Nada más, no había vuelta que darle. No, no es necesario. Pero bueno, había trabajo. Exacto. Había trabajo, Dios, para que... Cuando se fue todo eso, ahora no hay casa y trabajo. Exactamente. Bueno, Telma, te mando un cariño. Gracias, ¿ahí está con los tangos? Sí, pero ya sé que no puedo poner muchos. Ponga, ponga Rivero. Vamos. Ponga dicho Lunfardo, que pone usted. Ahora voy a poner uno de Lunfardo de Rivero para vos. Me encanta y me hace reír estar de Rivero. Vamos todavía. Bueno, gracias, Coco. Grande bien, gracias. Te mando un cariño, ahí estaba la historia, lo que digo yo. La historia, la historia, la historia. Esta historia que es local, o sea, no es una historia que cuenta otra gente. Es una historia real que todos, cada uno de nosotros, vivimos. Bueno, sí, buen día. Tienes razón, gracias, Telma. Delia, buen día. ¿Cómo te va? Bien, bien, bien. Bueno, yo me acuerdo de tu papá, grandote. Don Gorocito metía miedo con solo verlo, pero era buenazo. Sí, bueno, por más grandote, pero era buenazo. Buenazo, buenazo. Y si te recordás, ¿quién más andaba por ahí trabajando en el horno? Uy, Pedro, y muchos, muchos trabajaron, pero como éramos muchos hermanos. ¿Todos iban al horno? Sí, todos mis hermanos. Claro. Bueno, Delia, hay que recordarlo, Delia. Sí, claro que sí. No hay que echarlo en un tarro del olvido, porque vamos a pasar nosotros y va a quedar la historia y no la va a juntar nadie. Claro, no, no, seguro. Bueno. Bueno, Pedro. Te mando un cariño. Gracias. Chao. Ahí estaba Delia, Delia Gorocito, casada con el Pocho. Yo me acuerdo de ellos. A mí hay gente que a pesar de los años que pasaron, imagínate que estoy hablando de 70 años atrás. Estoy hablando de 70 años atrás. Y en ese recordarnos de 70 años atrás, con cada cosa que vos ves, te vienen los recuerdos. Yo me acuerdo clarito el olor al horno cuando Don Coñini los prendía, pero también me acuerdo del Nono Taloni, que vivía ahí frente a los del Picho Fariña. Ahí había un horno, por eso esa manzana está medio hundida, porque sacaban la tierra ahí para hacer el horno del abuelo Taloni, los Luciani. Todos los gringos esos eran todos horneros. Era la época en que había que fabricar ladrillos porque San Gregorio construía. Y en verdad, era arrebienta caballo, arrebienta caballo. Y como dice la canción que pasamos de Adrián Maggi, con la escuela se aprende, pero no se come. O sea, los chicos no podían ir a la escuela porque tenían que trabajar o en el pisadero, como decía Telma, o acomodando ladrillos ahí en la cancha. Le llamaban ellos en la cancha de los ladrillos recién sacados del molde y traídos el barro en esas carretillas de madera pesadas que había que moverlas. Fíjate lo que decía Telma, el negro Velázquez, con 11 años, vos ponete al lado, yo por ejemplo me pondría al lado de Laureano, con 11 años, 11, 12 años, un chico cargando una carretilla llena de barro hecha con paja y bosta, porque también se le metía para que se haga el compacto de los ladrillos y para que el que estaba en la cancha sacara con las manos, lo sacaban con las manos, estaba el molde ahí y ponían los ladrillos en la cancha para que se secara. ¿Sí, Buendía? ¿Sí? Armaban una charla, esas cosas. Al adobe lo armaban, lo hacían ellos en el mismo campo. Claro. Y por eso hay muchas casas que estaban hechas de adobe, se llama adobe, ¿entendés? Unas casas recalentitas eran esas, y que todavía debe haber alguna pared por ahí hecha de adobe. Y allá don Titín García, allá en la chacra, allá atrás de la fábrica de leche, en uno de los potreros todavía hay una organización de esmeras de boronada. Bueno, eso lo habían hecho, creo que lo habían hecho esa gente para hacer la casa, así que te imaginas vos. Por eso te decía yo, a veces levantaban hornos de ladrillos en el campo, en la casa, porque iban a construir un galpón o lo que sea. Sí, señor, esos eran los emigrantes, pero la gente, los que armaban, los que recibían un pedazo de campo para una chacra ya enseguida armaban esos gringos, gringos, alemanes, gallegos, lo que sea. Esa gente lo hacían eso nomás, al rancho, a la casa. Claro, pero es como decía Telma recién, viste, una vida recontra sacrificada. Yo me pongo a pensar, un chico de 11 años, hoy, un chico de 11 o 12 años, le das terrible carretilla de madera cargada de todo lo que tiene que ver el barro, para que camine por lo menos 15, 20 metros hasta llegar a la playa, para que aquel que cortaba el molde lo pusiera, era una vida de mierda, hay que decirlo, era una vida de mierda. Esa carretilla ya por sí era de madera, era pesada. Sí. Y siempre mojada. Sí. Con el barro adentro, te imaginas vos. Pero yo por eso pienso. Yo le digo a la gente que nos está escuchando, si tiene nieto, a ver si lo mandaría uno de los nietos con la carretilla llena de barro a la cancha. Hoy en día, pobrecito, ¿qué lo va a mandar? Entonces, ahí es donde se hacen pagos los muchachitos, que nosotros toda la vida nos tocó trabajar de chiquitos, de 6, 7 años ya andaba a caballo en el campo por todos lados. Claro, claro. Cuidaba los chanchos y andaba a juntar un poquito de maíz para los chanchos y qué sé yo cuánto. Bueno, bueno, Juancho, linda la historia. ¿Ya mateaste o no? ¿Eh? ¿Ya mateaste o no? Sí, recién lo dejé, estoy acá al lado del estupequietito y te estoy escuchando a vos, hermanito, porque me interesan todas esas cosas que estás hablando. Bueno, me alegra mucho. Chao, querido, chao. Chao, ahí estaba. Son historias, ¿no? Hay que escuchar las historias. Y yo decía hace un rato, como la de Juan, que tiene mis mismos años, estamos hablando de cosas que pasaron hace 70 años. 70 años. Íbamos a la escuela, no había ni salamandra, ni estufa, nada. Pantalones cortos, zapatillas bolleros, algunos con los dedos afuera, los mocos como rienda y alguna bufanda que la vieja cosía, la vieja tejía, ¿no? Y no había otra cosa, sentaditos en el banco. Ahora si no hay aire acondicionado, si no hay zapatillas florecientes, si no hay calzoncillo térmico y camiseta térmica. Yo no quiero que eso vuelva. Por supuesto que no quiero. Pero tenemos que mirar las raíces de dónde venimos. De allá venimos, ¿sí? Nosotros venimos de esos gringos, polacos, alemanes, gallegos, que un día vinieron cagados de hambre, cagados de hambre, a hacer la América. Esa era la verdad. Es para contarle a los nietos. Yo les cuento al mío, a los míos les cuento. Les cuento cómo era la vida. Les cuento que mi vieja me hacía los pantalones, me hacía las camisas. Las tiendas estaban, por supuesto, pero ¿quién compraba? Los que tenían la plata. Los que no tenían la plata trataban por todos los medios de surgir una bombacha una, dos, tres, cuatro, cinco veces hasta que no diera más. Y cambiarle la media suela a los zapatos que solamente se usaban para los días festivos o algunos para ir a la escuela. Y esa media suela servía, esos zapatos servían para el que venía atrás tuyo. Hicieron una mujercita, venía para la hermanita que venía atrás. Esa gente se nos fue. Se nos fue pero dejaron construido lo que hoy gozamos nosotros. Se fueron. Me sale por ahí el papá y la mamá de Julia Ricci. Me sale de recordarlos. Sí. Sí. Los pañales para nosotros. Nosotros con mi hermano nacimos en el mismo año con mi hermano Luis. ¿Entendés? Todavía los tengo en la memoria. Me parece que los veo poblados los pañales de la soga. Y mi mamá los hacía de esas bolsas de harina. Ella compraba mucha harina en el campo. Llevaba media bolsa de harina a fin de mes a veces. Entonces cuando no había pan había que hacer torta frita, todas esas cosas, los tallarines. Y las bombachas para nosotros las cocía ella. Ellos tenían máquinas de cocer. Se daba tiempo para todo, ¿me entendés? Hoy en día van todos a la tienda. Antes no, antes las cosas las hacían las mujeres. ¿Qué arreglar una bombacha? ¿La bombacha rota? Todas esas cosas. ¿Vos sabés que yo? ¿Viste? A veces me reprochan que yo guardo cosas, ¿no? O sea, acumuladas. ¿Qué sé yo? Los dientes de tus nietos, los de tus hijos, un pedazo del pelo cuando se lo cortaban la primera vez. Y entre todas las cosas que tengo, entre todas las cosas que tengo guardada, tengo guardada, ni siquiera podemos llamarle frazada, un tipo de frazadita, hecha no sé de qué tela, que mi viejo trajo de Italia. Claro, claro, eso es hermoso, eso es hermoso. Meterlo, dormir en un catre, cagado de frío, y sacar el bracero afuera por si no te terminabas muriendo por el humo. Pero yo tengo arriba en mi cama una frazada grande de dos plazas, que se le están cayendo los pedazos, pero lo que es pesada es calentita, hecha a mano, se la compró un santiagueño mi vieja, no sé en qué año, no me acuerdo de eso. Pero yo la tengo acá en mi casa, la uso todavía. Vos vieras todo hecho a mano, en un telar. Claro, esa lana necesitaba la Escardillama para hacerla. Claro, claro, claro. Qué lindo, ¿no? Sí, sí. Bueno, te mando un abrazo. Escardillama, Escardillar se le dice cuando vos desarmás un colchón. Eso. Entonces doña María... Jaime, doña María Jaime. Fue a arreglar unos colchones allá al campo, al cacique, hace muchos años. Y a mí me pusieron con la máquina de la vieja para escardillar la lana. Y después se lavaba toda la lana. Me engancharon justo las viejas. Doña María Jaime. Claro, doña María Jaime. ¿Y habrá quedado alguna máquina esa de escardillar, no? Andá a saber dónde están esas máquinas, que son unas máquinas para que hoy en día se pueda usar. Viste que hoy en día ya no hay gente que que trabaje como doña Lontoya, ¿cómo es que se le llama? La Lorenza Lontoya. Claro, que ella, viste, la lana cruda la rollaba, hacía los ovillos a mano. Como una rueca, giraba eso con una rueca. Claro, no me acuerdo cómo es, tiene un nombre, pero no me acuerdo. Sí, me parece ver a Lorenza, yo me acuerdo que mi vieja mi vieja me tejió un pechito eso con esa lana. Pedro, todavía se usa, los paisanos usan con lana cruda de ovejas negras, que quedan lindos los chalecos. Sí. Ya vas a ver algún día que vayas a alguna doma, vas a ver que hay varios chalecos esos, muchos hay. Sí, yo tenía uno que me había tejido mi vieja. Ah, mirá vos. Bueno, estas cosas hay que recordarlas. Chao Pedro, chao. Ahí estamos, que nacen historias, esto y esto y... O sea, vamos a perder esto, lo vamos a perder. Yo me acuerdo, me acuerdo clarito de mi viejo que tenía allá con Orozco alquilado en un pedazo de campo allá en La Picasa, pegado a La Picasa y cuando lo trasladamos, mi viejo me trasladó, me llevó, me llevó y esa noche dormimos abajo de la chata y había llevado un pedazo de galleta de ahí de lo de de lo de Don José Viola, dos galletas de Don José Viola y un pedazo de queso sardo ese de rayar. No me olvido de esas cosas. Pero es importante para saber de dónde venimos. No venimos de un príncipe pero de una reina, de un rey y una princesa. Venimos de ahí. De ahí venimos. Hay que escribirlo. Es historia. Hay que dar charlas. A pesar de todas las charlas que se dan que tienen que ver con la cuestión de género un montón de cosas, tenemos que hacer esas charlas para que quede en cada uno de los chicos. Me acuerdo don Bautista Martitu Martedu Siempre le digo a al viejo Martedu acá le dicen Martedu pero en definitiva el apellido sardo es Martetu Ese es el apellido Martetu Don Bautista Servime una meola Che Mario Y todos y cada uno de aquellos Yo me recuerdo de los italianos y me acuerdo de los españoles de Don Esteban Esteban De Don Manuel Fernández De Don Domingo Villa De Don Justo Villa Son cosas que no tenemos que olvidar Yo sé que toda esta charla a usted la aburrió Perfecto No crea que usted vino de un rey y de una reina Yo sé que muchos de ustedes y muchos de los abuelos de ustedes cerraban la noche con un mate cosido
